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Haroldo andaba en la luz

“No sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino, despojate de toda pretensión y cantá, simpemente cantá con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia.

Haroldo Conti, La Rioja, junio de 1967

El 25 de mayo de 1925 nació Haroldo Conti en Chacabuco. Una brigada del Batallón 601 lo secuestra en su casa de Fitz Roy 2015 el 5 de mayo de 1976 y desde ese día integra la larga lista de desaparecidos de la dictadura cívico-militar.

Puestos a recordarlo, este programa se dedica a su poética, a sus temas y a sus palabras, que son como nidos de pájaro o pequeños hornos que dan calor. Si Borges es la tradición y la eternidad, Arlt el cross a la mandíbula, Saer la percepción y Walsh el escritor de verdad, Haroldo Conti, sus personajes y sus ríos y sus caminos son el corazón y el vientre de la literatura argentina.

Daniel Moyano, en su Libro de navíos y borrascas (1982), cuenta cómo Rolando, obligado a abandonar la Argentina en un periplo surreal, mira por los rincones del barco buscando a un tal Haroldo Contardi en el barco. Algunos dicen que Contardi ya no va a aparecer, porque es un desaparecido. En esa búsqueda infructuosa, Rolando convierte a Haroldo en un farol y en una luz:

“De puerta en puerta en cada pasillo nuevo con mi palabra Haroldo a cuestas, que con las repeticiones ya sonaba a Faroldo, instrumento apto para buscar en la oscuridad, un faroldo a querosén comprado en esos almacenes de ramos generales de las pampas, de celda en celda llevaba bamboleante y prendido mi faroldo, en una de ésas, Harldo asomaba la cabeza y me decía pará un poco, hablá más bajo que casi todo el mundo duerme, y decile al viejo que en cuanto acabe unos asuntos enseguida salgo para allá. Entonces lo seguí llamando en cuchicheos, Haroldo, ¿estás ahí?, en las puertas de los camarotes donde todavía había luz. Y no sé cómo, sin bajar por la escalera caracol, me encontré llegando a la cocina. A lo mejor ahí, la vieja cocina “Carelli” de tres hornallas fabricada en Venado Tuerto, la cocina prendida alumbrando con luz de llama, a lo mejor Haroldo ahí encorvado frente a la cocina, porque seguro que mientras siga encendida Haroldo vivirá, las puntas del cabello iluminadas por la leña que arde y sopla, igual que las hojas más altas del álamo carolina cuando reciben en la tarde la última luz del sol, el penacho del álamo hundiéndose lentamente en el cielo como un barrilete, mirar ese penacho sería como verlo a él. En la cocina brillaban las grandes cacerolas, los fuegos apagados, ni cocinero ni ragazzi, todo tan oscuro. Alumbré con mi faroldo y ahí no había nada, salvo una mesa de madera, blanca de tanto jabón y cepillo, carcomida y tajeada, con los chamuscos de los cigarrillos de Haroldo en una punta. Después pasé por la sala de juego que barría un camarero y luego me detuve en el pequeño hospital, en la sala de cirugía y nada, en la de tratamientos intensivos y nada, allí tampoco Haroldo, salí a los puentes y miré el mar por los cuatro costados y allí tampoco había Haroldo, ni Haroldo ni nada, todo oscuro y a lo mejor él andaba en la luz.”

 

Conti ha dejado grandes herederos literarios: Miguel Briante, primero, y ahora, Hernán Ronsino o Débora Mundani, con quienes hemos compartido lindos momentos. Con “Todos los veranos” y “Mi madre andaba en la luz” nos metemos en el pueblo y en el río de Haroldo Conti. Y lo mezclamos con Bruce Springsteen (porque el río es memoria), con Peteco Carabajal (porque harina y barro), con The Faces (porque la experiencia es intransferible) y un cover de Attaque 77 (para escuchar al corazón). Como siempre, con la conducción de Agustín Montenegro y la operación técnica de Nicolás Moggia, por la Radio Gráfica 89.3.

Este programa se dedica a ver por qué Haroldo, con sus personajes rotosos, tristones y emocionantes, es uno de nuestros escritores más queridos. La idea es ver su literatura: no únicamente la triste noticia, ni tampoco el desgarrador panteón. La idea es hablar de cómo leerlo para no ver solo al escritor desaparecido, sino también para ver los peligros que todo lo frío, todo lo gris, y todos los males de este mundo corren cuando, con Conti, andamos en la luz.

 

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