Reseñas

Todos tus dientes

El cangrejero, de Javier Fernández

Mansalva, 2012

40 páginas

75

por Juan Millonschik

El cangrejero es un diario implacable en el cual Javier Fernández reconstruye, sin adornos ni atenuantes, las vidas de varios indigentes que pudo conocer y tratar. El registro comienza en noviembre de 2006 cuando “un imbécil se suelta de la mano de su madre” y el narrador, Javier, lo golpea con la moto. Como consecuencia judicial de ese hecho, es condenado a 165 horas de trabajos no remunerados en el servicio de atención a indigentes de la Parroquia San Cayetano del barrio porteño de Belgrano: el cangrejero. A partir de ese momento, además de cumplir sus tareas, Javier empieza a conocer cada vez más a esos linyeras con quienes ya había compartido algo de tiempo, alcohol y porro en el barrio. El diario se va convirtiendo entonces en una suerte de inventario: Culo de mandril, el Hormiga, el Gallego, Nariz, el viejo Ale, Pedro, Maciel, Piroli y el Ruso. “Nombre y apellido todos tenemos. Pero no todos saben de la mansedumbre sucia y envidiable de algunos mendigos. ‘Para ser croto no se necesita tener nombre’ (Ángel Borda, circa 1930)”, apunta el diario y luego nos deja saber algo acerca de algunos de esos cangrejos.

No hay lecciones, condescendencia ni patetismo -otra forma del asco- en El cangrejero. El estilo es escuetísimo, sin dolor, sin barroquismo, sin golpes bajos, con un extraño e incómodo sentido del humor: “Me cuenta la historia de su amigo Lamparita: se hacía el rengo y pedía monedas en la puerta de una iglesia. Una vez, mientras caminaban juntos, se acerca a un auto a pedir dinero. La mujer del auto se lo da. La señora da una vuelta manzana y lo cruza caminando sin renguear. Desde el coche le dice que él la defraudó moralmente.”

Las descripciones van señalando algunos detalles distintivos, marcas de la vida de linyera, obsesivamente, sin juicio ni escándalo. “Le faltan cuatro dientes superiores”. “Si bien le faltan la mayoría de sus dientes, tiene una paleta delantera dorada”. “No tiene casi dientes superiores, excepto, en lugar de paleta delantera izquierda, se ve salir de la encía de arriba un pequeño ganchito, es lo único que le quedó”. “Dientes todos cariados, no caninos, no incisivos, no premolares, los que le quedan son de un marrón verdoso”. Es un registro seco, porque no exagera supuraciones ni lagrimea ante el espectáculo del desdentado. Un realismo sin más programa aparente que el despojo para describir con precisión obsesa cada detalle: las dentaduras, las bebidas, el humor, las lesiones de piel, las formas de conservar seco un DNI.

***

El libro ganó el Premio Indio Rico en 2010. Sin embargo, resulta extraña la categoría bajo la cual fue galardonado: “Diario de viaje imaginario”. Más llamativo todavía resulta el punto de vista de los jurados –nada menos que Bizzio, Guebel y Chejfec-, quienes en la contratapa del libro consideran que “los términos de ficción o no ficción, de imaginario o real, se tornan irrelevantes debido al equilibrio con que se desarrolla el relato”. Todo lo contrario: el relato se desarrolla con una parquedad y una solvencia tales que la posibilidad de lo imaginario queda excluida del pacto con el lector. Nada de irrelevancia: sería una total decepción enterarse de que el Javier Fernández que firma El cangrejero no conoció, ni bebió, ni se drogó, ni conversó, con los crotos que narra el “Javier” del diario. Contra un libro así, algunos temas de teoría literaria, como la distinción entre escritor y narrador, quedan reducidos a un vicio autocomplaciente para especialistas o a un refugio para la debilidad de ciertas formas de la crítica.

Realmente: hablar de lo imaginario en El cangrejero parece un síntoma de delirio. Quizás, esa es exactamente la explicación. En efecto, en la portada del libro se puede ver a un hombre desaliñado -presumiblemente un linyera- con una remera de Los Piojos: un mal chiste de marketing-para-pocos que remite al escritor Alberto Laiseca (la canción “El balneario de los doctores crotos” está inspirada en sus cuentos). Laiseca es uno de los escritores más imaginativos – y grandes- de la Argentina. Ha inventado el realismo delirante, una maquinaria potentísima que muchos han intentado imitar, en casi todos los casos con resultados calamitosos que hoy fatigan los catálogos de las editoriales argentinas. Tal fracaso se debe, sobre todo, al olvido de la mejor lección de su maestro, enseñada en su literatura y repetida en decenas de entrevistas: “es delirante, sí, pero realismo”.

Javier Fernández, por su parte, no ha tratado de imitar a Laiseca. Ni siquiera hay elementos para afirmar que lo haya leído, pues no resuena en su diario, donde sí aparecen, en cambio, las lecturas de José Sbarra, Vicente Luy o Néstor Sánchez. ¿Por qué, entonces, ese arte de tapa? ¿Por qué una lectura que no asigna relevancia a la vocación realista del texto? Por deformación comercial y académica. Por delirio: no uno como quiere Laiseca -una cuerda floja para ver qué queda de la realidad tras el tambaleo-, sino simplemente un delirio.

Para un libro así, lo imaginario no podría leerse sino como una mentira. El cangrejero está lleno de gestos que lo ponen por fuera del papel: hasta se lee allí el número de la causa en la que Fernández fue condenado a prestar servicios en la parroquia (3.454). Entonces juguetear, como hacen Bizzio, Guebel y Chejfec, una interpretación del texto como “imaginario” sería casi una ofensa si no fuera antes un delirio… o una ridiculez. El libro está tan anclado en lo real[i] que uno podría hablar con su autor y enterarse de su desconcierto por un único dato no-tan-verdadero que contiene el diario. En efecto, Javier Fernández te confesaría, apenado, sin encontrar explicación, que hay un episodio del diario que está ficcionalizado.

Pero lo central del caso es lo siguiente: sólo se puede acceder y darle importancia a esa confesión si se comparte una preocupación (como mínimo una preocupación) por un realismo en términos de honestidad. Honestidad literaria, intelectual, de vida. Sobre todo, una vez que se lee que el diario existe para algo: “Escribo esto para que mis cangrejos tengan un lugar seguro donde vivir. Si se cruzan con alguno, díganles que conocen sus vidas y sus hábitos, su forma de ser y habitar el tiempo. Díganles que ya somos varios los que sabemos cómo esperan la muerte. Yo vigilaría ese mundo cangrejo. Sería un guardián en mis papeles y en mis cuadernos. Su guardián”. Es el propósito declarado de este diario sostenido en la certeza de que para hablar hay que saber y en la confianza en la literatura como acceso a la realidad.

[i] Me refiero, con el término “real”, a algo tan verificable como el sonido de la carcajada que voy a largar si alguien se me llega a poner quisquilloso con Derrida, con la diferencia entre la realidad y Lo Real, o con cualquier otra de esas plantas de invernadero académico.

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