Reseñas

Plasticidad

Paraísos, de Iosi Havilio

Mondadori

2012

352 páginas

praisos

por Pablo Vázquez

Todo discurso transmitido a través del lenguaje no puede evitar la linealidad. Una letra atrás de la otra, en hilera infinita. Una palabra atrás de la otra, el lector recorre los renglones de izquierda a derecha, desde la primera mayúscula hasta el punto final. Algo así como el cuerpo de una serpiente: de la cabeza a la cola sin interrupciones, es decir, una línea, un tubo donde toda la energía va y viene por ese corredor escamoso de principio a fin.

La novela de Havilio, suerte de continuación de la historia emprendida en Opendoor (2008) construye un relato sin pretensión de omnisciencia, todo atravesado por la subjetividad neblinosa y neutralizada de la narradora.

Pasan muchas cosas, pero la frialdad y distancia de la narradora respecto de todo lo viviente pone una pátina invisible y rígida entre el mundo y nosotros. Nada parece tocarnos. Este es un efecto buscado, además de logrado a la perfección. El lenguaje elonga, gira y salta atajando detalles adecuados para las distintas escenas más o menos cotidianas, más o menos urbanas. El lenguaje es más narcótico que toda la merca y la morfina que consumen los personajes juntas.

Uno quiere que ese lenguaje no se detenga. Nunca. Más por fruición que por experiencia. Pero esa forma alucinada de narrar se impone, domina, y por momentos arrasa con toda posibilidad de construcción en otros niveles de la escritura. El antídoto está en el veneno y viceversa, idea que aparece con insistencia en la novela.

El nudo que vendría a desatar todos los nudos es la serpiente. La narradora encuentra en la basura un libro lleno de ilustraciones de reptiles, hongos y plantas exóticas. Lo ojea con su hijo Simón y le llaman la atención los rasgos humanoides en los dibujos. Pero es recién en la noche del Año Nuevo, luego de despertarse de una pesadilla que incluía una serpiente, que ella decide extraer el antídoto del propio veneno. Con voluntad de exorcizar el miedo, empieza a calcar una boa de Jardín. “Contra las serpientes: más serpientes”.

Esas plantas y animales se le aparecerán duplicados en su vida cotidiana: un vecino le enseñará todo sobre los árboles de la ciudad; consigue trabajo en un reptilario; Eloísa, su único contacto con el pasado, tiene ahora un tatuaje gigante de una madreselva que va del brazo hasta el cuello.

Esto de calcar la serpiente, que no pasa de ser un pasatiempo, es en realidad la única actividad que la protagonista hace por elección y deseo. Todo lo demás pareciera serle brindado o impuesto por otros. El resultado de ese trabajo es además el cierre de la historia, algo así como la firma de la narradora, distinta a la del autor. Su autógrafo: ese tatuaje de la identidad.

Esta es una comunidad de estrangulados. En este contexto particular es como decir: una comunidad de víctimas de una serpiente que no aparece. Un fantasma cuya única marca es la presión que imprime en los cuellos de todos, incluido el lector. Como el tumor que crece por dentro y no por fuera (el caso de la hermana de Tosca), y que es en cierta medida un “otro” alojándose en uno, como si nuestro cuerpo fuera un edificio tomado a la fuerza por agentes microfísicos que viven a través (y en lugar) de nosotros.

Cuando la narradora se encuentra con su amiga y amante de Opendoor, piensa con anhelo y melancolía en la posibilidad de que la vida fuese como un juego lineal: partir de un punto y llegar al final, sin cruzarse en ningún momento con escenas o personas del pasado.

Es cierto que la novela no es costumbrista ni moralista, lo cual no es un detalle menor si se piensa en los espacios de sociabilidad que trabaja. Pero la potencia del lenguaje oscila como pueden hacerlo los términos plasticidad-plástico. La capacidad asombrosa de su escritura para moldear lo que sea, no implica en este caso la construcción de formas de lenguaje que posibiliten algo más que el entretenimiento y la curiosidad por las vicisitudes de la historia. Esto explicaría en parte por qué la mayoría de las críticas (además de las imponentes reseñas de Beatriz Sarlo y Fabián Casas en la contratapa) se concentran en todo lo que esta novela no es.

La primera vez que hojea el libro, la narradora se detiene en la ilustración de “una boa embuchándose un ratón”. Lo que dice sobre el dibujo puede decirse también sobre lo que ocurre con esta novela: “Lo que impresiona en la imagen no es la cacería, sino la plasticidad de la acción.”

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