Reseñas

El crítico argentino y la tradición

Trabajos, de Juan Marcos Almada

El 8vo. Loco + Milena Caserola, 2013

Colección Exposición de la actual narrativa rioplatense

96 pág.

trabajos-almada

Por Nicolás Correa

Los críticos (cuando entienden) son entendedores grandiosos que todo lo levantan a símbolo y que sin miedo categorizan el mundo. Entienden a otra gente, pero sólo sub especie aeternitatis, pretensión spinoziana que puede urdir a una lectura de potenciales y numerales, y para usar una guarangada: terminando por enumerar a lo Arjona. Sospecho que como Francisco de Laprida, ese que encontró una excusa para la eternidad, algunos críticos también andan a los tumbos buscando un destino más o menos interesante.

Yo premedité, en un examen riguroso, leer Trabajos, segundo libro de Juan Marcos Almada, con mis inciertas pretensiones. Podía decir que Almada trabaja en el texto con Arlt o Sigmund Freud, y sin embargo, podía también no arriesgar nada y hacer una estéril enumeración de nombres que se me acercaban página a página. Pensé en trazar una tangible comparación con Arlt, y medité encararlo como alguna vez Masotta lo encaró: pensando en la comunidad del humillado, en la angustia del personaje o más aún, en las coincidencias que la izquierda leía en Arlt y las obvias diferencias que silenciaba. Y también podía iniciar la lista (a esta altura no menos sagrada): Almada utiliza un acervo léxico bastante similar al de Arlt, por momentos, narrar tal o cual escena con símil parecido y otras tantas coincidencias. Por supuesto, ensayé un ejercicio de cruce, es decir, un ejercicio crítico: me incliné por un breve esbozo siguiendo la primera línea de lectura y opté por tomar, por ejemplo, el diccionario de Forfalcon, que sería uno de los puntos de la sagrada lista: el personaje que habla de costado (a causa de un pico de presión que derivó en una parálisis facial) y que narra esta historia. Este personaje construye un espacio oral de ambigüedad que recae en un evidente problema de comunicación. Quiero decir, construido desde una conciente melancolía se ha quedado anclado en un pasado que contrasta con su presente y nos hace pensar que allí reside la angustia existencial que muestra, y su ambigüedad en el habla lo delata. Utiliza palabras que están fuera del uso, pero a su vez, no reniega usar palabras en uso: las mezcla sin discreción y las aplica a cualquier contexto. Su oralidad está escindida, sus problemas de comunicación son más que evidentes, si además pensamos que tiene un problema de parálisis facial que no le permite comunicarse más que de coté y que es el chofer de un grupo de escritores, que se acota a escuchar y recibir órdenes.

Esta ambigüedad a la hora de comunicarse produce un momento que, a mi entender, es pura honestidad en Almada: el monólogo. Su utilización del monólogo interior es la posibilidad de entrar al verdadero espacio que se quiere comunicar: el espacio íntimo. Forfalcon busca la soledad: “… cada cuál se diseminó por ahí. Yo me quedé como de costumbre, acodado en la barra, pensando en mis cosas.” Y más tarde reflexiona: “… me pregunto: ¿qué mierda hago acá?, ¿quién me manda? Pero las respuestas nunca me llegan, y si llegan, llegan distorsionadas, empapadas de alcohol, y eso les resta sustancia.” El monólogo es el espacio íntimo que mejor construye, alguno dirá acertadamente, imagino: por su problema lógico para hablar; y aún así, nunca nos confesará del todo el por qué nos lleva a ese espacio. El personaje es capaz de arrastrarnos a ese núcleo personal para, finalmente, evitar la confesión. Las excusas son varias, pero notoriamente es el espacio público, y las interrupciones que provienen de este, el que siempre aparece como producto de irrupción del momento de monólogo (en la cita es el alcohol que le proveen los otros). La imposibilidad siempre viene dada por el afuera.

Entonces, feliz con el hallazgo, podría seguir enumerando autores y recaería en la batalla del simbolismo fálico que se trabaja en el texto; detentar la masculinidad, y a la vez comentaría la cantidad de sinónimos que encontramos del pene: pija, tararira (que además es el nombre de uno de los escritores del grupo al que Forfalcon hace de chofer), choronga, chota, poronga, termotanque, etc. Bien, podría establecer una enumeración y ya, podría hablar de “una” tradición o una lectura, pero también tendría que mencionar un momento del texto donde el límite entre espacio textual sufre un desplazamiento notorio. En el momento en que Forfalcon comenta las virtudes de JAF, dice lo siguiente a propósito del disco Entrar en vos (de más comentar la alusión a la acción del pene): “…arranca con un tema que habla de la proronga pero también del auto.” El error humano vuelve más pretenciosa mi lectura: si sumo esa r delatora que presenta proronga a la letra del tema donde se habla de la imposibilidad de que funcione la máquina, con alusión directa a la impotencia sexual, que termina recayendo en la culpa de la mujer por no saber cómo arrancar esa máquina. La r de más pone el error afuera, en la edición, la letra de la canción pone el error en la mujer, es decir, en el otro. El espacio íntimo y masculino, en este caso, se mantiene tan intacto como incapaz se muestra el monólogo interior de hablar sobre su angustia.

Entendedor de mis aciertos, de mis inciertas lecturas, podría enumerar más autores en un acto de verborragia esquizoide. Me resisto porque la realidad es que en Trabajos puedo encontrar un listado infinito de filiaciones y tradiciones. Vuelvo a reflexionar y ensayo las lecturas de Almada, los precursores de nuestro escritor, que como buen entendedor aplica un recorrido honesto y religiosamente puntual, es decir, blanquea la carta. C. E. Feiling y Pablo Ramos no quedan fuera de las transparencias más directas y, sincerándome con un texto propio, con una voz y un espacio concreto, no disimulo que pasan las circunstancias, pasan los hechos, pasa la erudición de los críticos versados en la nominología (pido se me otorgue la clarividencia en el neologismo); lo que no pasa, lo que tal vez nos acompañará en la otra vida, es el placer que da la contemplación de la felicidad y de la amistad. Ese placer, tal vez, no menos raro en las letras que en la realidad corporal, es (sospecho) la virtud central de Trabajos.

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