Reseñas

Cuando las cosas no cierran

Diario de una princesa montonera -110% de verdad-, de Mariana Eva Pérez

Capital Intelectual- Confesiones, 2012.

211 págs.

Por Paula N. Sánchez

Diarios de una princesa montonera

“Desde mi terraza en Almagro, tierra liberada, en puntas de pie entre dos macetas, agito mi mano lánguida hacia los balcones de los contrafrentes y te saludo, oh pueblo montonero”

Tomar un libro sabiendo algunas cuestiones puede ser contraproducente. Los prejuicios se inmiscuyen y contaminan la lectura impidiendo el asombro. Más aún cuando sabemos que nos metemos en el territorio de las narrativas vinculadas a la historia reciente. Sin embargo, muchas veces sentimos que la memoria colectiva nos lleva a lugares comunes, palabras fosilizadas que de alguna manera perdieron su significado más hondo y conforman el discurso “correcto” de los derechos humanos. Mariana Eva Pérez emprende la difícil tarea de desacralizar un discurso e ilustrar la complejidad de los resultados del genocidio de Estado, intento que ya tiene una joven tradición dentro del Colectivo de hijos, al cual pertenece.

La imposibilidad y negación de un relato testimonial se advierte desde el título. El juego de palabras cargado de contradicciones ya nos ubica en una zona confusa e inestable. Se nos presenta como un “Diario” que pretende, para sí mismo, un status de verdad pero de una “princesa montonera”, como salido de un cuento maravilloso. Y para colmo, como si todo fuera una joda, “110% de verdad”. Contradicciones que incomodan y nos interrogan sobre el género. Pero, por encima de todo, sobre la posibilidad de aplicar la ironía con respecto a “ese” tema. Ese que aún hoy nos mueve todas las fibras y que claramente no está cerrado. El “temita” para la Princesa.

Diario de una Princesa Montonera. -110% de verdad nos sumerge en una narración cortada, fragmentada. Una narración que debemos ir completando y que no respeta un orden cronológico lineal de sucesos ni de pensamientos. Desde el minuto cero, el libro (el objeto, su tapa, sus colores) bordea una frontera indómita en la que el testimonio se mezcla con la ficción y el libro con el blog de igual nombre del que parte: http://princesamontonera.blogspot.com.ar/.

La primer “entrada/capítulo” expresa un saludo simbólico pero también una invocación y dedicatoria a un pueblo ausente pero recordado y como tal, presente. El lugar de enunciación se aclara en esa invocación y es ese pueblo al que pertenece y el que busca comprender y aprehender a partir de las páginas siguientes. “Oh pueblo montonero” establece el vínculo de pertenencia entre la Princesa y sus padres desaparecidos.

Cómo escribir el horror es una pregunta que ha dado que hablar mucho en el siglo veinte. Cómo escribir literatura, también. Se ha llegado a proponer la negación absoluta de la ficción y del arte ante el horror y el trauma. Lo cierto es que cada vez que creemos haber llegado al final de una etapa algo se rompe y nace diferente: “¿Con qué nuevas palabras? ¿Cómo extraerme la prosa institucional que se me hizo carne cuando escribía la propaganda que el Nene me pedía y no me dejaba firmar? ¿Podrá la joven princesa montonera torcer su destino de militonta y devenir Escritora?”

Entre la ironía, la incomodidad y la inestabilidad comienza un texto que tiene sus inicios reales, vivenciales hace más de treinta y cinco años. Un texto fragmentado como la misma memoria. Una memoria distante del perfecto recuento de detalles, sucesos y hechos del pasado, como la del Funes de Borges, una memoria real. Y es la búsqueda del relato-memoria que hace avanzar la narración. Un texto que fue heredado como el mismo título de nobleza con el que se presenta el personaje principal. Una herencia pesada que propone un deber ser que se cuestiona visceralmente y que se pelea con el ser hija de desaparecidos: “El protocolo no le gusta pero es parte de sus obligaciones”.

El lenguaje, violento-violentado y fragmentario, podría ser la expresión desaforada del horror y el intento de llevar a la letra el huracán de ideas y sentimientos que se plantean en el ejercicio de la memoria. El estilo, las palabras y los nombres son problemas que la Princesa plantea a lo largo de todo el libro.

Parece imposible un orden completo, objetivo y respetuoso frente a lo incomprensible. Quizá este sea uno de los mayores aciertos de este libro: reflejar la imposibilidad de digerir el trauma. Un trauma que deja de ser individual que pasa a ser colectivo, por lo que se intuye una experiencia compartida a medias. La historia nos une, pero la experiencia nos separa un poco y es ahí donde la Princesa necesita dejar la huella. El diario que se entiende íntimo y personal, conlleva una leve pretensión colectiva que ilustra los límites del ghetto al cual pertenece el personaje. La Princesa siempre supo su identidad, siempre fue hija de desaparecidos. Pero esa identidad no le es propia, personal. Su historia no es suya, sino de un colectivo que sufrió directamente las consecuencias del terrorismo de Estado. Así, los nombres delatan el rol en la historia reciente: “Las princesas montoneras nos llamamos todas igual: Victoria, Clarisa, María, Eva, María Eva. Hay nombres muy montos aunque sin referencia directa a ninguna mártir (…) Es muy difícil anonimizar un grupo de hijis. Todas se llaman igual”. Pero también es la historia del país entero. Historia que poco a poco se fue sacralizando, quizá para contrarrestar el horror que implicó. Cuando las cosas no cierran, el texto parecería proponer que es importante no forzarlas pero tampoco estancarlas.

Diario de una Princesa Montonera. -110% de verdad permite un ejercicio de memoria lejano a un ritual sacro de los derechos humanos. Después de treinta años de democracia, sigue siendo imperioso el ejercicio de la memoria, la verdad y la justicia. Un ejercicio que quiebre esa liturgia para abrir de nuevo la historia reciente e interpelarla actualizándola constantemente. Nuevos interrogantes para nuevas situaciones.

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