Reseñas

Conciencia distanciadora

Le viste la cara a Dios, de Gabriela Cabezón Cámara

la isla de la luna

2012

62 páginas

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por Florencia D’Antonio

Como apretar un pedazo de carne con las manos y ver la sangre fluida y coagulada que sale de adentro. La palabra se vuelve carne cuando se la trabaja y se la deshilacha. La palabra extenuada es reflejo de un lenguaje tratado de tal forma que produce miedo la acción misma de tratar ese lenguaje. Esas palabras son el contenido de todos los discursos: de las voces y las salvaciones, los gritos y las plegarias, los rezos. La ficción, la historia y la realidad.

Se trata del miedo a las versiones de lo real, todas posibles. Porque existe el temor a no poder reconocerse, pero hay algo peor aún y es aceptar la condición; describirse obsceno e inscribirse ya parido por todos los males. El dispositivo que intento analizar es doblemente corrosivo. Porque alguien se deja ultrajar, pero no elige y después, consume el resto, eligiéndolo. La sangre que sale de esas lastimaduras también fluye y hace doler en el origen. Hay un vientre y hay un miembro mudo que trabaja silencioso. Hay una mujer, por sobretodo, que habla de muchas mujeres. Ese género maldito, pesado como la cruz de madera, confluye con el destino, imposible de elegir.

Usando y construyendo esa palabra, hay una escritora que monta un espacio de miedo, un espacio que sondea las heridas incurables del pasado. La historiografía de un estado se pone a prueba con el artificio. Leer “tortura” es ser torturado otra vez, expropiado o sometido a una patria ajena. El celeste y el blanco cubren los discursos, pero, a no olvidarlo: la bandera también es textual.

Al mismo tiempo, no es casual la dedicatoria ni el momento social en que se lee. Me interesa, precisamente, cuando de manera justa, lo estético irrumpe sobre lo impune: como una jornada llena de tristeza, transitar esta literatura es la forma de cargar con un duelo. El duelo de ser mujer en un mundillo expropiado por ratas, donde a algunas las han obligado a poner el aparato reproductor al servicio de la comunidad. Destaco, entonces, la posibilidad de leer este relato como una tragedia moderna. Por el temor, la compasión y la identificación que produce y por apuntarse dentro de la coyuntura de este siglo.

El lenguaje que lo caracteriza describe la arqueología de un crimen. Hay una construcción interdisciplinaria donde se habla de una injusticia extrema, recorriendo los períodos dictatoriales y democráticos, tortura ilegal y tortura legal, ilegítima. Se habla de la sexualidad mercantilizada y unitaria, todo el peso puesto sobre un cuerpo abierto de piernas. Y el género maldito que procrea es una tómbola.

La interdisciplinariedad se vierte también en los personajes. En un solo libro estarán las caras de aquellas mujeres, mutiladas por un sistema que las parió y luego llevó sus cabezas a los medios: nombre, apellido, foto vieja, nunca más. Emparentándolo con la ausencia y la presencia, resulta extraño pensar el lugar en el que el texto ubica al lector. Hay identificación, empatía, conexión estrecha entre lo ocurrido y lo que ocurre hoy. Pero me pregunto si las características socioculturales del personaje heroico y real representan una búsqueda profunda o si son un simple gesto literario. Creo, además, en las casualidades, a la vez que quiero creer en lo contrario. Puedo percibir una irrupción del público que lo va a leer dentro del mismo relato. Yo soy parte y veo el reflejo y también veo la distancia. Entonces, la duda está entre si es un gesto de acercamiento o si es por efecto de la distancia que se puede sentir tan adentro, y tan amargo.

El libro del que estoy hablando se llama Le viste la viste la cara a Dios y la autora es Gabriela Cabezón Cámara. En su dedicatoria está el nombre de Marita Verón: signo que, aparte de mostrar un posicionamiento, puede funcionar como aviso; algo así como una herramienta de orientación para los desamparados. Lo bueno es que, a modo de brújula temporal, apunta al futuro y no flaquea en el pasado. Exagera en palabras lo que no escasea en emociones situándose en un lugar preciso y original, donde la prosa es barroca porque el mundo está hecho de detalles escalofriantes que las instituciones se ocupan de omitir. La literatura siempre se encuentra en los huecos, vigorizando los márgenes o construyendo puentes cuando lo demás falla con o sin autoconsciencia.

Por eso hay una distancia entre la ficción y lo real, que, sin embargo, es efímera. Porque el mundo está hecho de literatura, y viceversa. Porque detectar al enemigo no es fácil y odiar y amarse a uno mismo es una experiencia absolutamente poética y por eso barrosa, no inefable. Leer este libro es participar de algo, comprometerse a no negar lo que es y no debe, no puede seguir.

Cuando la demagogia forma parte de la producción de despojos, es cuando más valor tienen los discursos firmes y conscientes, como el de este libro, el cual, mirándolo desde cualquier lado, dice: se hará justicia.

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